Culpable es una historia de 40 páginas exenta de prolijidades y artificios. Esteban Hernández no se anda con los devaneos groseros y mostrencos de la pretenciosidad preciosista muy en boga por estos tiempos, sino que nos hallamos con una historia asombrosa y humilde, sonrojantemente magistral en su realización y muy trivial en su contenido. Como todos sabemos, lo importante es el CÓMO y nunca el qué, y el señor Esteban sabe hacer la artesanía del alfarero con su obra: moldear, pellizcar, retorcer y acariciar el barro de la viñeta dejando la hojarasca y los tópicos que entorpecen las creaciones juveniles en los aledaños del olvido.
Ya lo he dicho en alguna ocasión: de los temas o situaciones más triviales nacen las mejores historias, las historias que siempre recordamos con el corazón, si se me permite la contradicción.
Culpable es una obra que ha nacido para ser leída de golpe, con arrebatada vista y con la muesca de la sonrisa en la cara, como una hendidura de gusto en el rostro, como marca de fábrica. Es una historia amigable y cotidiana de seres como tú o como yo, muy de puertas para adentro, no sé si me explico… Como dije anteriormente, lo que le pasa a una persona, les pasa a todas, por eso, en nuestra azarosa, gris y tontona vida, vivimos con nosotros y hacia nosotros, por las entrañas de nuestra privacidad, vivimos con nuestras manías y minucias más particulares, y, finalmente, lo vivimos todo en el interior y desde los recovecos de nuestra casa.
Esta historia que comentamos es una comedia de manías y chapuzas, pero a fin de cuentas, comedia gráfica, un género subestimado por milongas más serias y trascendentales que pretenden sublimarse a costa de ponernos feos. Puede que en sus páginas no encontremos dibujos y encuadres monumentales en su ejecución, quizá no se hable de sexo ni se haga sexo, posiblemente no se explore el alma humana desde unas perspectivas psicologistas y antropológicas, pero Esteban Hernández va desmenuzando certezas y perpetraciones portátiles de un hombrecillo gris, paranoico, y no se le ocurre una mejor manera de provocarlo que haciendo uso de la omisión y el silencio de los demás: ante el estupor de una confesión terrible y aparentemente fantasiosa, los personajes le escuchan y miran, desde una posición inerte y pasota porque lo que se cuenta supera la vida real.
Claro, finalmente disipan su cordialidad engañosa y sus convencionalismos por vislumbres y verdades más íntimas, en un ejercicio pausado y sincero de secretos particulares.
Mañana seguimos, porque esto sólo es el principio…
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